Por el occidente de Boyacá, Colombia, cae el sol tras alumbrar el frente de Fura y Tena, los cerros nombrados en honor a la vieja leyenda esmeraldera. Un hombre, cuyo nombre era Tena, se enamoró de una mujer hermosa; ella se llamaba Fura. Con el tiempo, su amor fue recíproco. Esta unión, prevista por el dios Are, fue bendecida a condicion y juramento. No obstante, el dios Zarbe, como otrora una serpiente, descubrió un día la belleza y quiso tentarla. No pasó mucho hasta que Fura, seducida, cayera en tentación. Tena lo descubrió pues la bendición había abandonado a su amada, a quien observó de golpe envejecida. Traicionado, el hombre se entregó a la muerte.